Trazos Acromáticos: Capítulo 28: ¡No Otra Vez!

viernes 15 de enero de 2010

Capítulo 28: ¡No Otra Vez!

Me desperté unos minutos antes de que el despertador sonara, ayudada por los molestos rayos de sol que se colaban entre las cortinas de mi ventana. Estuve en la cama hasta escuchar como la alarma empezaba a sonar estridentemente, anunciando que hoy llegaba el inicio de las clases y el fin de mi libertad. Con pesadez me senté en la cama, moviendo un poco mis adoloridas articulaciones mientras divisaba con desgana el horrible uniforme que yacía expectante sobre la silla frente al escritorio. No era una aficionada de la moda, pero cualquier persona estaría de acuerdo en que esa cosa era peor que una de esas batas que usan los cirujanos para entrar al quirófano.
Cuando estuve por fin lista bajé a la cocina para tratar de calmar los ruidos que hacía mi estómago, primero tomando un trago de agua, aunque dos centímetros antes de que una galletita tocara siquiera mis labios me sobresaltó el timbre. Había una sola persona que podía estar buscándome a esta hora y no era necesario que me contagiara de más mal humor en este momento. Abrí la puerta y encontré a Nadia justo frente a mí con la cara de depresión más profunda que le había visto en mucho tiempo. Pasó a mi lado, dejándome cerrar la puerta; lo primero que hizo cuando la miré fue encogerse de hombros.
-Estaba la reja abierta y entré.-se excusó antes de bostezar- Te juro que estuve a punto de atrincherarme en mi cuarto y no salir, no quiero saber nada y tres meses para descansar no me alcanzan.- empezó la típica queja mientras caminábamos otra vez a la cocina y nos sentábamos.
-No te creas que yo estoy mejor, pero hay que aguantarlo lo mejor posible, mirar para adelante…- fui incapaz de terminar la frase por el efecto que tuvieron en mí esas últimas palabras y la incertidumbre que a la vez provocaba.
-Ni me digas, quiero disimular mis deseos suicidas.- dijo en medio de un bostezo y sacudiendo la cabeza.
Me limité a murmurar un “dramática” mientras seguía comiendo mi simple desayuno, apurándome un poco cuando vi que ya estaba cerca la hora de salir de casa. A los pocos minutos mi mamá apareció protestando y queriendo saber por qué la había dejado seguir durmiendo; siempre se ponía así, todos los años, hasta llegué a pensar que la edad la estaba afectando o que no aceptaba verme crecer como llega a pasarle a todos los padres. Siempre que esas ideas empezaban a dar vueltas en mi cabeza, preferí quedarme callada en lugar de tratar de averiguar el motivo, seguía creyendo que era complicado de entender. Al final de todo el discurso dejé en claro que solamente quería irme de una vez por todas y que estaba por llegar tarde, aunque cuando creí que podía salir a caminar para ir despejando el mal humor y la sensación de las responsabilidades viniéndoseme encima, mi querida madre dijo “no se preocupen, yo las llevo”, es decir, mi pobre y tormentoso ánimo se vio obligado a recurrir a mi personal caja de Pandora. “Inhalá, exhalá, y cantá una canción”, tuve que recordar varias veces las acciones impuestas.
Diez minutos más tarde estábamos caminando entre la multitud que colmaba el patio del colegio, pero ni cuenta me di cuando Nadia se había ido, a hacer sociales seguramente, y me dejó caminando sola, no la vi hasta escuchar el ruido del timbre que llamaba a formar. Jamás entendí de qué servía todo eso de tener a todos una hora parados como maniquís uno atrás de otro, pero suponía que para la directora no era lo mismo al hablar si no tenía público. Probablemente moriría sin un micrófono.
Lamentablemente, llegamos últimas al aula, por lo que solamente nos quedaban los bancos de delante de todo, fácilmente a la vista de los profesores. Suspiré resignada y fui a ocupar mi asiento, pero mi mejor amiga no me siguió, se quedó en la puerta inmóvil con la boca abierta de una forma casi cómica. Seguí su mirada hasta uno de los bancos, donde estaba sentado un chico que le devolvía la mirada con fijeza, era rubio y sus ojos de un brillante azul, aparentaba ser alto a pesar de estar sentado incómodamente en una de las tantas sillitas parecidas a las de primaria que llenaban el salón, debía ser nuevo. Tiré de la mano de mi amiga, llevándola con un poco de esfuerzo hacia nuestros lugares; sin decir nada dejé que ella ocupara el asiento delante del chico con el que tanto se miraba, mientras que yo me senté delante de una chica que no había sacado la vista de la mesa en ningún momento y tampoco había pronunciado palabra alguna. Una nueva integrante del curso, sin duda.
Una mujer joven entró en el aula y se presentó como la nueva profesora de Biología, dando la típica charla inicial del primer día de ciclo lectivo. Nadia se concentraba en garabatear una página de la libreta que estaba usando, dibujaba labios, estrellitas, caritas babeando, hasta hizo un gran corazón en toda la hoja que dentro decía “Él + Yo” y tuve que taparme la boca para no soltar una fuerte carcajada. Lo único que escuché cuando los dos se pusieron a hablar es que el chico se llamaba Eric, pero después mis pensamientos empezaron a correr, pero siempre tenían un mismo destino, un único dueño. Antes el tiempo parecía casi infinito para nosotros, no teníamos obligaciones ni compromisos; ahora era todo al revés y no podía evitar preguntarme con qué nos dejaba eso, si sería algo más que unas escasas horas semanales para vernos, solamente unos instantes breves para sentir sus brazos rodeándome, sus besos, ver su sonrisa…
El resto del tiempo estuvo lleno de palabrerías inútiles y suspiros, el sonido del timbre que marcaba la salida se hizo esperar demasiado, no era cosa de otro mundo que todos se agolparan en la puerta como ganado para tratar de salir corriendo del lugar. Hicimos el camino de vuelta en silencio, pensar tanto durante las horas de clase me había dejado con un ánimo peor que el que tenía al despertar, sabía que no iba a pasarse tan fácil y estaba oscilando entre la aceptación y las ganas de ponerme a llorar hasta que mi novio viniera a besarme para que me calmara como siempre hacía.
Llegamos hasta la casa de Nadia e inmediatamente un exquisito olor nos recibió al entrar, en ese lugar siempre era bienvenida sin duda alguna en cualquier momento, ya sentía a todos como una segunda familia. La mamá de mi amiga estaba frente a la cocina preparando el almuerzo y Katia, la hermanita de seis años de Nad, estaba poniendo la mesa cuidadosamente.
-¡Ya llegamos!- gritó Nadia cerrando la puerta a su espalda.
-¿Cómo les fue?- preguntó Ana mientras asomaba la cabeza por el marco de la puerta.
-Ay, mami… ¡estoy enamorada! No sabes lo que es ese chico.- dijo mi mejor amiga mientras bailaba alrededor de la mesa y suspiraba.
-¿Es de tu curso?
-Sí, es nuevo, se llama Eric. ¡Tenemos tanto en común!
Katia rodó los ojos y sacudió la cabeza.
-Bueno, vayan a cambiarse que esto ya está.- nos apuró Ana.
Arrastré a Nadia por el pasillo hasta su habitación para cambiarnos y dejar las mochilas. Esto sí era cómico: ella tenía ropa mía en su casa, y yo tenía ropa suya en mi casa, parecíamos una pareja o algo así, pero para nosotras era normal y necesario al no saber cuando iba a salir un pijama party de emergencia o una pelea con agua, aunque solamente viviéramos a dos cuadras de distancia la una de la otra. Nos vestimos casi iguales, con jeans y remeras de manga corta; hoy era un día soleado pero a pesar de eso corría una fría brisa de vez en cuando que a la sombra podría hacer estremecer y balanceaba las altas copas de los árboles en distintas direcciones, un clima propiamente otoñal.
El almuerzo fue igual que siempre, repleto de trivialidades y sonrisas por parte de Ana, Katia contaba animada como había transcurrido su primer día en segundo año, lo que me hizo recordar, volver el tiempo atrás a cuando todo era un poco más fácil, en varios aspectos, cuando nadie podía sacarme de mi propio mundo donde solo bailaba, jugaba y reía. Recordé los nítidos colores que poblaban mi vida durante esos años, como poco a poco parecieron desvanecerse dejando tantas inseguridades al descubierto, y como ahora iban tratando de regresar, lentamente, agonizando en algunos momentos, amenazando con extinguirse otra vez. Recordé en un simple segundo cuánto me parecía a ella.
Después de comer fuimos directo a la habitación de Nadia a hacer la tarea, era mejor sacarla de encima aunque tuviéramos que entregarla recién la semana que viene, y al poco rato nos encontramos sin nada más que hacer así que solamente nos pusimos a charlar un poco más. El sol iba moviéndose lentamente a través del cielo, arrastrando con él a la tarde, sumando otra hora más al reloj e indicándome que ya era tiempo de volver a casa.
Al llegar estaba todo tal cual lo había dejado esa mañana, todavía no estaba tan oscuro como para empezar a prender las luces. No pasaron cinco minutos desde que entré que mi mamá ya estaba abriendo la puerta, viniendo directo a saludarme y preguntarme como me había ido hoy; le conté las pocas novedades que había, como que la mayoría de los profesores que se suponía que iba a tener ese año se habían tomado licencia o se habían jubilado (lo que Nadia llamaba “jubilación masiva”), o el nuevo flechazo del que había sido víctima y victimaria mi mejor amiga.
Mi humor había mejorado considerablemente, aunque una de mis reflexiones matinales seguía rondando por mi mente, molestando e incomodándome, no podía tener un momento del todo pacífico. No había ningún mensaje en mi celular ni tampoco en el contestador, lo que hizo que la sensación de inquietud fuera más profunda todavía. Me cuestioné a mi misma esta vez, no podía ser tan dependiente, hasta podría decirse que también controladora, pero no podía evitarlo; era como si mi corazón tartamudeara, saltándose varios latidos y no hiciera más que incrementar la sensación de vacío. Pero finalmente esa noche enterré la cara en la almohada, esperando que la oscuridad y el sueño borraran esas estúpidas ideas de mi conciencia, y así fue.

1 comentarios:

Minerva dijo...

muy buenooo licen perfecto!!!! me enknata aohra ke lei este kapitulo vy a leer los anteriores 27 ke no leiii jejejej bsoss muchoss noee!!