Trazos Acromáticos: Capítulo 27: Inseguridad

miércoles 4 de noviembre de 2009

Capítulo 27: Inseguridad

Se podía decir que en mi vida había algo parecido a la felicidad, que, si bien no era completa, me hacía valorar un poco más los días y verlos de cierto tinte diferente y nuevo. No siempre era fácil mantenerme alejada de esos recuerdos que guardé en lo más profundo de mí por negarse a desaparecer; a veces los imaginaba como viejas diapositivas en distintos tonos acromáticos donde se veían plasmadas etapas de mi vida.
Ahora, simplemente, desviaba la mirada.
Las penas e inseguridades fueron, de a poco, sosegándose a tal punto que pasé a verlas como nimiedades. Tenía muy claras mis prioridades y no pensaba quedarme sentada sin hacer algo o llorando por ahí. Acepté que la realidad no era tan trágica como mi personalidad extremista me había hecho creer; que me ahogaba en un vaso de agua, sin razón u objetivo alguno.
No ganaba nada sintiéndome mal.
Mi mejor amiga tenía gran parte en mi nueva mentalidad, se encargó de grabar en mi cabeza distintas frases, una y otra vez, con el propósito de que volviera a ser la de antes. Aunque fuera un poco. Nadia jamás dudaba en temas como bajarme de las nubes o sacarme del poso depresivo en que me metía yo sola, aún si para eso necesitaba darme un buen golpe en la cabeza. Tenía una forma particular, y a veces extraña, de hablarme y hacerme entender, pero siempre, al final, lo lograba.
“Te entiendo que estés mal, pero: ¡Es-A-sí!” siempre la misma frase y silabeando la última parte.
Lo que más rescataba de toda esta situación es el tiempo que pasaba con las personas que tanto quería. Y Evan… A veces se sentaba y solamente me escuchaba hablar, sin despegar la vista de mí; me dejaba descargar todo lo que sentía, hasta llorar. Después de todo eso, me abrazaba, secaba las lágrimas y besaba mis labios. En mi interior quedaba la certeza de que, solamente con eso, desaparecía cualquier mal.
Me gustaba pensar en esas cosas antes de dormir, me hacían sentir bien y podía tener una buena perspectiva de mi vida en esos ratos que tenía para mí sola. Lentamente, mis ojos se fueron cerrando cuando el sueño se hizo presente en mi habitación.

Desperté innecesariamente temprano, alrededor de las nueve de la mañana. Mi cuerpo se sentía flojo y relajado, como después de tener una larga noche de sueño tras el insomnio abrumador. La mente despejada, por una vez en tanto tiempo, me daba un rato de paz para disfrutar.
Afuera, el sol de verano transformaba todo a colores anaranjados y rojizos. Todo era quietud, solamente interrumpida por el paso de algunos autos. No parecía correr la típica brisa suave que se sentía estos días, seguramente el día iba a ser de esos en los que el calor te ahoga y hace pedir a gritos un poco de aire fresco.
Me senté en la cama, estiré los brazos y se me escapó un bostezo.
Escuché el leve sonido del celular anunciando un mensaje. Lo tomé de la mesa de luz y leí lo que decía: “Buen día. Me gustaría despertarte con un beso y aunque no pueda hacer eso, estoy pensando en vos todo el tiempo para sentirte cerca. Te amo.”
Suspiré mientras sonreía embelesada por las palabras de Evan. Por más que estuviéramos lejos, él me hacía sentir amada incondicionalmente como ninguna otra persona. Solamente con mínimos detalles y gestos me enamoraba cada día un poco más; me demostraba cuanto me quería y podía descubrir más de la persona maravillosa que tenía a mi lado.
Le respondí rápidamente: “Yo también te amo y me haces mucha falta.”
Era verdad, lo extrañaba demasiado, necesitaba verlo, sentirlo conmigo y saber que no le pertenecía a nadie más que a mí. De forma súbita, una electrizante y agradable sensación me recorrió completamente. Mi corazón bailoteaba alegremente en mi pecho, y la sonrisa boba seguía ahí, luciéndose descarada.
Me levanté de la cama y fui hacia el baño a tomar una ducha rápida para refrescarme un poco. Después de cambiarme, dirigí mi atención al espejo mientras me peinaba. Nunca había analizado bien mi cuerpo, pero ahora decidí dedicarme un tiempo a mirar que era lo que el espejo reflejaba: un cuerpo no muy voluptuoso, mejor dicho, con curvas “casi inexistentes” que se marcaban sutilmente bajo mi ropa; piernas ni muy delgadas ni muy gruesas; brazos finos y largos; no tenía cadera ancha, pero si una cintura chica; cuello largo y delgado, y un busto del que no me quejaba.
Mi cara estaba entre ovalada y redonda, con labios finos, una nariz chiquita, pómulos marcados pero no demasiado y los ojos grandes de un raro color miel. A sus lados, el pelo castaño caía de una forma que parecía pesada y a la vez no; daba la impresión de ser suave.
No tenía un cuerpo digno de admiración pero tampoco estaba tan mal. Jamás me había preocupado por mi aspecto, y no me preocupaba ahora, pero no podía evitar pensar cómo me vería Evan. ¿Le gustaría de verdad? Esas preguntas que empezaron a acumularse en mi cabeza me hicieron sonrojar al imaginar lo que él diría, aunque no planeaba preguntárselo, claro. Apenas considerar esa idea llegaban las ganas de que me tragara la tierra por la vergüenza que sentía.
Cuando terminé de peinarme y reflexionar, bajé a la cocina a buscar algo para desayunar. Elegí simplemente una manzana que había en la heladera y preparé el desayuno favorito de mi mamá para llevárselo a la cama.
Con ella las cosas estaban mejor, volvíamos a ser más cercanas la una con la otra y, sobre todo, hablábamos más seguido sobre cómo nos sentíamos; por fin nos sinceramos para que no hubieran barreras que nos distanciaran como antes. No quería volver otra vez a la misma relación distante y fría que teníamos. Prefería cualquier cosa menos estar así otra vez.
Me sentía bien porque, aunque fuera de a poco y arduamente, mi vida fuera equilibrándose.
Pasé con mi mamá una buena parte de la mañana y la tarde, hasta que dijo las palabras mágicas: “Tengo que sentarme a trabajar”. Generalmente, odiaba que dijera eso porque le llevaba horas y horas de concentración, aún así, no sabía cómo ni por qué, había decidido estudiar contaduría igual que ella. En sí no era por algo en especial, simplemente me resultaba fácil lo que tuviera que ver con números y era algo a lo que le encontré bastante utilidad.
El día no me ofrecía nada con que entretenerme o matar las horas, ni siquiera algo en lo que preocuparme, lo que me dejaba como únicas y solitarias opciones plantarme a mirar televisión o frente a la computadora, o bien salir a la calle un rato y ninguna me gustaba, aunque opté por ir a caminar. Pero no sabía que camino seguir y tampoco tenía compañía para pasar el momento. Repasé la lista mentalmente: mamá estaba trabajando, Celeste en la clase de patín, Evan se había ido con sus amigos a jugar al fútbol, y Nadia… estaba durmiendo, seguramente. Bueno, por lo visto me iba a quedar en casa oficiando de secretaria toda la tarde.
Eso pensé, hasta que me vino a la mente otra persona, mi querida cuñada; no perdía nada con hacer el intento y llamarla. Las dos pasábamos mucho tiempo juntas, no era raro que saliéramos o cosas así, aunque lo chistoso era que, en algunas ocasiones, Evan se ponía celoso al estilo de los nenes chiquitos y me decía que pasaba más tiempo con Mirna que con él. Obviamente, a los cinco minutos tal acto de quejas y celos, se terminaba convirtiendo en una simple actuación infundamentada...
Tomé el celular y marqué su número; no tardó demasiado en contestarme, pero de fondo se escuchaba mucho escándalo, así que debía estar en la calle.
-¿Hola?- dijo con voz animada.
-Hola Mir, soy Cathi.
-¡Ay! ¿Cómo andas?- ahora su voz parecía hacerse más estruendosa.
-Bien, bien. Escuchame, quería saber si…- mi frase se cortó al escuchar el fuerte sonido de una bocina, seguido de un ligero golpe.
-¿¡Qué te pasa estúpido, no ves que está en rojo!?- la escuché gritar del otro lado y suspiré aliviada- Hay cada loco… ¿Qué me decías, linda?
-Que te quería preguntar si no tenés nada que hacer ahora, así salimos juntas un rato, o no sé…- pregunté tímidamente.
-Ah, buenísimo.- la convencí al instante.
Me dijo donde nos encontrábamos y rápidamente di fin a nuestra breve conversación para prepararme. Me vestí con una remera de tirantes, una bermuda y unas sandalias casi sin taco; metí en los bolsillos el celular y un poco de plata, lo que siempre hacía, y bajé otra vez ya para salir.
Le grité a mi mamá que ya me iba y escuché un “te amo” antes de cerrar la puerta. Ella no se quejaba cuando salía, tampoco vivía fuera de casa o me iba a cualquier lado. Me daba bastante libertad y, en cierta forma, me veía obligada a actuar de forma acorde a no perderla.
Caminé unas cuadras, aunque inconsciente de cuantas o el tiempo que tardé en recorrerlas, hasta que, cuando salí de mi letargo, creí que iba a llegar a perderme entre todas esas vueltas que había dado. Seguí un poco más, y no tuve que buscar mucho, ya que vi. a Mirna muy distraída en plena vereda con una botella en la mano y los labios bien estirados sosteniendo la fina bombilla entre ellos. Le hice señas desde la vereda de enfrente, hasta que me decidí por gritarle… No tendría que haberlo hecho.
Bajó la botella y empezó a dar vueltas frunciendo el seño, casi parecía un perro persiguiéndose la cola, hasta que, por fin, me vio. Dios mío, ¡qué aparato!, pensé. Peor hubiera sido si llevara los lentes de sol puestos, pero éstos ahora estaban sobre su cabeza, como una especie de bincha improvisada.
Cruzó la calle casi corriendo y vino a abrazarme, o más bien a apretujarme. Con un poco de esfuerzo me separé de ella riendo nerviosamente por su efusiva y pública muestra de afecto. Tenía una radiante sonrisa, como siempre, fácilmente contagiable a cualquier persona que pasara tiempo con ella. La miré entrecerrando los ojos cuando el sol me dio directo en la cara, ya que ella me llevaba casi una cabeza. Llevaba el pelo negro suelto, perfectos bucles caían por sus hombros y espalda hasta la cintura; era una de las pocas personas a las que le quedaría bien una remera de ese color verde intenso y tenía unas piernas perfectas para llevar una pollera corta como la que traía puesta. A veces no podía evitar desear tener un cuerpo tan bien proporcionado como el de ella.
Cruzó su brazo con el mío y empezó a caminar mientras volvía a tomar de la botellita de vidrio, haciendo un ruido extraño; su expresión me hacía mucha gracia, pero tuve que contener la risa.
-¿Todo bien? Lindo día, ¿no? Aunque hace un calor…- se abanicó con cuatro dedos, ya que tenía la botella en esa mano.
-Sí… Sí, lindo día.- a ella siempre le salía tan natural conversar, aunque fuera sobre algo trivial, pero hoy se me hacía difícil.
-¿Te pasa algo? Estás muy callada. ¿Te sentís mal; es por el calor? ¿Querés tomar algo?- antes de terminar la última frase apuntó hacia mí la bebida que sostenía.
Me reí tenuemente; a veces podía ser muy acelerada.
-Tranquila, tranquila, estoy bien. Nada más no sé de qué hablar.
-Ah, bueno. Emmm… de cualquier cosa, lo que se te ocurra. Ya sé, vamos por acá...- al llegar a la esquina casi tiró de mi brazo para que la siguiera, parecería que casi todo lo que dijo fueron pensamientos en voz alta.
No creía llegar a acostumbrarme demasiado a su forma de ser, tan entusiasta y, a veces, acelerada, aunque generalmente no lo pensara tanto de esa forma. Simplemente era feliz, trataba de hacer diferentes su vida y sus días, y la admiraba incondicionalmente por eso. En algunos momentos de mi vida, me hubiera gustado tener esa misma mentalidad y, sobre todas las cosas, fortaleza; eso no era algo propio de mí en absoluto.
No me llamó la atención, mucho, que fuera tan abierta a la hora de hablar, se notaba que era sumamente fácil para ella, algo de lo más natural. A mí, por ejemplo, se la pasaba contándome anécdotas mientras caminábamos, tan detalladas que me parecía haberlas vivido, y me hacía terminar carcajeando en medio de la calle, mientras la gente nos miraba al pasar cerca nuestro. Increíblemente, en ese momento no me importaba para nada.
A eso de las seis, terminamos en la casa de Mirna. No había nadie cuando llegamos y, por suerte, el ambiente estaba sumamente fresco y silencioso, aunque el silencio durara poco al ser roto por su agudo tarareo; pero no fue mejor que cuando se puso a bailar sola en la cocina y tuve que esconderme para que no me viera reír.
Los minutos pasaron, quizá cientos, quizá miles, y nosotras los ocupamos hablando, riendo, arreglándonos las uñas y hasta probándonos peinados. Estas cosas las hacía de vez en cuando con Nadia o mi prima, pero Mirna hacía que estos momentos fueran distintos, por alguna razón; algo más por apreciar, aunque no supiera bien de qué se trataba todo eso, así era. En poco tiempo, las dos habíamos desarrollado una fuerte relación muy fácilmente, un vínculo que resultó tan agradable de crear que lo creía difícil de disolver, aunque fuera con el tiempo. A veces, hasta podía ver como abandonaba esa personalidad entusiasta y aniñada y pasaba a ser una mujer madura, segura de sí misma, y ese simple hecho tenía un gran significado.
Estábamos tan absortas conversando hasta que ella miró la hora y me sonrió tenuemente, casi con resignación.
-Evan ya debe haber vuelto, creo que tengo que cederte a alguien más.- una breve risa escapó de su garganta.
Me debatía internamente si quedarme con ella, o ir a ver a Evan, ya que hacía dos días no estábamos juntos y quería hablar con él. Las dos ideas pesaban con igual fuerza.
-Dale, anda.- me animó y me guiñó el ojo; le di un suave apretón en la mano y salí de su habitación.
Bajé despacio la escalera y lo vi.
Evan estaba recostado en el sillón con los ojos cerrados, algunos mechones de pelo mojado se le adherían a la frente de forma desordenada, uno de sus brazos descansaba sobre su abdomen y el otro colgaba casi rozando el suelo. Su respiración era tranquila y acompasada, mientras que esos rosados labios entreabiertos parecían hacerme la tentadora proposición de probarlos hasta saciarme.
Me acerqué a él tratando de no hacer ruido, inclinándome levemente para unir nuestros labios. Abrió los ojos despacio, deleitándome con la calidez que tan clara se reflejaba en ellos, y me dedicó una ligera sonrisa que devolví enseguida antes de pasar una de mis manos entre su pelo, acariciándolo, sintiendo la textura suave bajo los dedos sin despegar mis ojos de los suyos.
Se incorporó en un movimiento fluido y me tomó de la cintura para que me sentara a horcajadas sobre sus piernas. Me besó tiernamente mientras nos atrapábamos en un abrazo; separó nuestros labios unos centímetros, apoyé la cara en su hombro y lo apreté más contra mí, solamente lo escuché reír por esto.
-Te extrañé mucho.- le dije con una inconsciente voz lastimera, como si el solo recuerdo de pasar los ratos sin él me produciera una angustia inmensionable.
Él suspiró y acarició mi pelo.
-Estoy pensando en que deberíamos vivir juntos o algo así, no hay mucho tiempo para disfrutar de nosotros, ¿no te parece?- esto siguió de una ligera risa a la que me uní, aunque no me desagradaba para nada la idea.
-Mmm… Me gusta ese plan, es muy bueno.- susurré en su oído.
Acarició mi espalda una y otra vez mientras nos quedamos hablando, nuestra charla duró bastante tiempo aunque no era de ningún tema específico, sino que nada tenía que ver con nada y no nos hacíamos problema por eso. En estos momentos las palabras eran solo palabras que, hasta podía decirse, en cierta forma eran huecas y sin algún importante sentido…
exceptuando las veces que Evan me susurraba hermosas frases al oído, entre caricias y besos, que me derretían lenta y placenteramente el corazón. Su voz hacía vibrar cada una de las células de mi cuerpo, él sabía perfectamente como hacerlo, cada acción exacta, cada palabra.
Mi cuerpo ardía cada vez que su boca atrapaba la mía, quizá por la falta de oxígeno, o simplemente por cómo lo hacía: era lento, con cariño, y a la vez con un poco de esa especie de fuego que solo sentía con él, quemándome lentamente. Presionó sus labios contra los míos una vez más antes de repetirme que me amaba, nunca iba a cansarme de escucharlo.
Empecé a escuchar un ruido como plac, plac, plac a mi espalda. Me volteé un poco y pude ver a Mirna bajando la escalera muy despreocupada; alzó la vista para mirarnos y se tapó con una mano mientras se dirigía al comedor diciendo:
-Me voy, hermanito; ojito con lo que hacen, ¡te conozco bien!- su suave risa fue desapareciendo poco a poco y se perdió en el silencio de la habitación.
Me sonrojé fuertemente, algo que nunca me pasaba, pero la vergüenza se apoderó repentinamente de mí y la idea de esconderme adentro de algún pozo se me hizo muy atractiva.
-No te preocupes, amor, ignorála nada más.- me volteé hacia él y acarició mi mejilla- Te sonrojaste, creo que nunca te había visto así…Hermosa…-dijo con voz sorprendida aunque al final su tono se hizo más profundo, como un susurro, y ya no había sorpresa en él, mas bien admiración.
Supuse que mi sonrojo se había hecho más fuerte gracias a su comentario, pero fui soltando de a poco toda la tensión que albergaba. Podía notar como Evan no despegaba los ojos de mí ni por un segundo mientras me esforzaba por deshacer el nudo que había aparecido en mi estómago. Sabía que esto no tenía nada de malo aunque tampoco me pasaba todo el tiempo sobre mi novio, eran solamente algunos cariñitos, pero no podía evitar sentirme avergonzada ahora.
Evan interrumpió mis pensamientos al pararse del sillón a la vez que me sostenía con las piernas a cada lado de su cintura; instintivamente, le rodeé el cuello con los brazos para sostenerme, pero a los pocos segundos me dejó despacio en el suelo. Había algo en su expresión que no pude descifrar del todo, con la frente tensa, frunciendo los labios, pero no sabía por qué se había puesto así de golpe.
Soltó todo el aire que estaba conteniendo y me pidió que lo esperara arriba en su habitación. Lo obedecí sin hacer ningún comentario o pregunta, aunque éstas empezaron a atacarme mientras subía la escalera y lo escuchaba alejarse a mi espalda con pasos rápidos y seguros; ahora su nerviosismo y enojo iban desatándose poco a poco haciéndose más que evidente.
Entré al cuarto cerrando la puerta tras de mí y solté un largo suspiro. Sobre la cómoda había un papel, era uno que había escrito yo la semana anterior, así que lo tomé y leí, una vez más, esas palabras que no alcanzaban a describir, ni de lejos, lo que sentía por él: “Te amo, jamás lo dudes. Cathi.”
Algo más llamó mi atención. Junto a la nota había unas fotos, donde la primera mostraba a Evan abrazando a una chica bajita y muy sonriente. Seguí viendo las fotos que en sí eran más de lo mismo, pero, extrañamente, la curiosidad fue aflorando en mí poco a poco. Respiré hondo y traté de llenar mi cabeza con cualquier otro pensamiento.
Escuché el ruido de la puerta y al girarme encontré a Evan con una expresión dura en el rostro. No supe que hacer, si ir con él o darle espacio hasta que se calmara, pero igualmente me acerqué hasta que quedamos frente a frente. Sus ojos estaban cerrados mientras descansaba su cuerpo contra la puerta, su respiración era pesada y profunda, a veces casi un bufido. Pasé las manos por su pecho hasta enredarlas tras su cuello; esperé que me mirara y al fin lo hizo más calmadamente. Moví una mano hacia su mejilla, acariciándola lento y con delicadeza, a lo que me respondió con un suspiro.
-¿Qué pasó, amor?- le pregunté en un susurro, ahora acariciándole el pelo.
-Mi hermana a veces me saca de quicio, pero esta vez se le fue la mano, no tendría que haberte dicho eso, no se por qué-.- puse una mano en su boca, evitando que siguiera y lo miré directo a los ojos.
-Basta, vos mismo lo dijiste: no importa, no es nada. Te estas enojando por cualquier cosa.
-Pero-.-volví a taparle la boca y me acerqué a él un poco más.
-Shhh. A parte, hay algo con lo que quiero seguir.- saqué la mano para reemplazarla con mis labios mientras lo aferraba por los hombros. Me devolvió el beso, que rápidamente se profundizó, pero siguió sintiéndose tierno y delicado- Pensá solamente en nosotros, eso y nada más. Hacelo por mí, ¿sí?- mis manos fueron acariciando sus mejillas y después enredándose poco a poco en su pelo, mientras las suyas descansaban en mi cintura.
Presionó nuestros labios una vez más y me acarició la espalda. Estábamos tan cerca que su aliento se mezclaba con el mío, cada milímetro de mi cuerpo reaccionaba a él, como una descarga eléctrica masiva incrementada con cada uno de nuestros roces.
Se inclinó hacia delante un poco para susurrarme al oído.
-Me encanta tenerte así, solo para mí.- besó mi mandíbula y no pude evitar reír.
-¡Si soy tuya, de nadie más!- como si fuera raro ese hecho- ¿No me crees?- sin que pudiera preverlo, mi voz sonó jadeante.
-¿En serio sos mía?- ese susurro hizo que mi cuerpo se sintiera como gelatina; era tan profundo, dulce.
-Mhmm.- fue todo lo que pude decir y, dentro de todo, lo más coherente dado que sus labios y sus manos acariciaban mi piel de forma terriblemente placentera.
Lo escuché reír despacio mientras atraía su boca a la mía y lo besaba casi desesperada, pero tratando de transmitirle cada una de las sensaciones que él me provocaba. Ahora, entre sus brazos, volvía a sentirme como si estuviera bajo el fuerte sol veraniego, en un calor abrasador y casi ardiente. Sus labios solo avivaban el fuego paulatinamente, pero a la vez iban saciando mi sed de él, aunque lo creyera imposible.
Separó un poco su boca de la mía y me abrazó fuertemente; lo sostuve contra mí, dejé que el sentimiento me invadiera completamente. Me llevó hasta la cama y nos sentamos ahí; nuestras miradas no se despegaron ni por un segundo.
Casi de la nada, afloró en mí un fuerte sentimiento, quise decirle tantas cosas, porque no era conciente de todo lo que había hecho en mi vida y lo notaba un tanto distante. Él no era de hablar mucho, pero hacía unos días estaba peor que nunca y trataba de no tocar el tema cuando le preguntaba. A partir de ese momento, las palabras salieron sin que tuviera que forzarlas, muy naturalmente.
-Evan, necesito decirte algo...- tomé un largo respiro antes de seguir y bajé la vista- Creo que ya lloré mucho tiempo, por varias cosas, y…-cerré los ojos y traté de deshacer el nudo que se había formado en mi estómago para relajarme un poco- Eso ya cambio, no quiero saber más nada sobre eso. No ahora que tengo la oportunidad de que todo sea distinto; ahora que te tengo…- mi voz se fue apagando; sacudí la cabeza, tratando de despejarme- Suena muy tonto y cursi, pero es así, no encuentro otra forma de explicártelo. Solamente quiero que sepas que me hiciste cambiar mucho, para bien, y me haces muy feliz.- necesitaba dejarle claro que no iba a volver atrás.
Escondí lentamente la cabeza en su pecho, mis brazos le rodearon la cintura y solamente me quedé ahí, sin saber si iba a responderme o no. Sentí su respiración volverse pesada y, poco a poco, empezar a acariciar mi espalda en esa forma protectora y reconfortante en que siempre lo hacia. Se separó un poco de mí, pero, para mi sorpresa, llenó de tiernos piquitos mi mejilla izquierda y se movió casi imperceptiblemente para susurrarme al oído.
-Eso es lo que más quiero, que seas feliz, y no sabes como me hace sentir que me estés diciendo esto.- volvió a dejar esos cortos y suaves besitos en mi mejilla, mi mandíbula y en una porción de mi cuello- A veces me sentía morir, porque te veía sufrir, te veía llorar, y no podía hacer nada para que estuvieras mejor. Me sentía tan inútil.
Su voz derramaba pura tristeza y agonía, me quedé helada ante su confesión, la inseguridad era la razón de todo, y las ganas de llorar me inundaron a raíz de esto. Pero, por una vez en tanto tiempo, no eran de tristeza, para nada, era pura alegría, desbordante, inquieta, y cálida.
Me di vuelta, mientras trataba de contener las lágrimas y agarré su cara para que me mirara atentamente.
-No digas eso, no quiero que te sientas mal y menos por mí.- presioné casi bruscamente nuestros labios- Quiero hacerte feliz también, todo lo que pueda, todo el tiempo que estemos juntos.- las palabras salieron atropelladas, las pronuncié con la voz ahogada por mucho que intenté que no fuera así.
-Ya soy la persona más feliz de mundo.- una leve sonrisa surcó su cara y me besó despacio en los labios.

Me perdí en el tiempo; perdí la noción de los minutos, el interés en las horas, y hasta el conocimiento de si estaba despierta o no. Los diversos pensamientos que rondaban mi mente me absorvieron de forma brusca, llevándome a un estado de trance repentino y profundo.
-Nos pusimos muy emotivos hace un rato, ¿no te parece?- pregunté mientras miraba por la ventana y sentía cómo se acercaba a mí.
-Es verdad,- coincidió mientras reía entre dientes- pero me gusta estar así, porque se que te preocupa, que pensás, que sentís.- deslizó una mano por mi cuello hasta mi nuca y entrelazó los dedos en mi pelo.
Una gran sonrisa se dibujó automáticamente en mi cara, al saber que se preocupaba tanto por mí, más de lo que podría haberme imaginado, y eso me enternecía tremendamente. Me acercó a él para besarnos, lento, intenso; la sonrisa seguía plantada ahí, avivada por la intensidad en que su boca se movía con la mía.
-¿Sabés qué siento ahora?- murmuré cuando nos separamos y mientras nos mirábamos a los ojos; el sonrió, esperando que continuara- Que te amo.- el volvió a reír y a abrazarme.
El resto de la tarde estuvo lleno de lo que siempre hacíamos al estar juntos: muchas cosas, como charlar, reír, hacernos un poco de cosquillas, y besarnos una y otra vez, pero en conjunto todas formaban una simple palabra, un burdo argumento. Nada.
El cielo recibía poco a poco a la noche, mezclando sus colores y volviéndolos llamativamente extraños. La luna ya era visible, como dibujada con tiza, y suavemente difuminada por los dedos de un artista experto.
Más que otra cosa, era consciente de quién estaba compartiendo ese paisaje conmigo.

Nota: Demás están las excusas: peguenme y listo. Trabajo va, trabajo viene; inspiración va, inspiración no vuelve, pero POR FIN acá está lo prometidoy bien largo para tratar de compensar. Espero volver pronto,como en los viejos tiempos, y en este año croe que tengo posteados menos de 5 capítulos... ¡Qué vergüenza!

Por favor dejen su comentario a ver que les pareció, no me dejen con la curiosidad.


-Dulce Melodía.