Estaba apoyada contra el marco de la puerta del patio, mirando la lluvia, de brazos cruzados y distraída, indiferente ante todo lo demás. Ya era mediodía; las nubes parecían cada vez más densas y ya no tenían ese color ceniza, ahora eran cada vez más oscuras. En la cocina corría un poco de viento y empezaba a tener frío.
-¿Pasa algo?- preguntó Evan.
Me enderecé y me di vuelta. Estaba sentado en una punta de la mesa, un poco lejos de mí. Tenía una expresión seria, pero sus ojos eran tan tiernos, lo hacían parecer un ángel. Mi ángel. Dejé caer los brazos y me acerqué a él.
-No me pasa nada.- junté nuestros labios por un segundo- ¿Por?
-Como estás tan callada...
-¿Tanto hablo para que me digas así?- lo interrumpí.
Soltó una carcajada.
-No, pero te noté un poco rara; como si estuvieras preocupada. Decime si te pasa algo, no quiero que estés mal.
-No, no me pasa nada.- repetí- Estaba... distraída, ningún riesgo.- reí.
Gabriel apareció en la puerta de la cocina, con una gran sonrisa, y se acercó a nosotros.
-Vengan a ver esto, no se lo pueden perder.- dijo en voz baja.
Lo seguimos hasta el comedor y ahí estaba Erika, frente a la computadora, y Mirna, al lado suyo. Parecía que ninguna entendía a la otra.
-¡Mamá, ese no! ¡Ése!- gritaba Mirna.
-¡Y bueno, yo no sé cual es "ese"! ¡Pará un poquito!
-¡Pero te lo estoy señalando!- dijo Mirna al mismo tiempo y tocando el monitor.
-Mir, sabés que mamá para éstas cosas no sirve. Puede quedar traumada de por vida.- bromeó Evan.
-Es verdad, le puede hacer mal a la cabecita.- agregó Gabriel.
-¡Euu! Por lo menos lo intento, ¿vieron?- replicó Erika- Este coso es re difícil.
-Bue, hubieras usado el Paint y no el Photoshop.
Empecé a sentir un peso extraño sobre mi pie izquierdo; Manchita estaba acurrucada ahí durmiendo, no me había dado cuenta. Toqué el brazo de Evan y después señalé hacia abajo. Soltó una risita mientras me agachaba para levantar a Manchita. Abracé despacio su cuerpito y le acaricié un poco el lomo, hasta que empezó a treparse hacia mi hombro.
-Auch,- apreté los labios- duelen las uñitas. Tan dormida no está.
-Es un poco mona.- opinó Evan.
-¡No le digas mona!- Mirna había empezado a los gritos otra vez.
-Es una cosa extraña, ni siquiera es una gata. Es una bola de pelos.
-Calláte, nene.- se levantó para buscarla- Vení, Manchi.- traté de sacarla sin que me clavara las uñas otra vez- No es una bola de pelos, está un poco gordita nada más.
Salió del comedor, no sé a dónde. A veces, podía comportarse como una nena de cinco años. Evan y Mirna eran dos polos opuestos; a veces, ella parecía más aniñada que Evan aunque fuera más grande y él... a veces se prendía en las peleas. Sacudí la cabeza mientras sonreía.
-Y el chiste es...- Evan me miraba de reojo.
-Ninguno.- hice un gesto con la mano para restarle importancia.
-Parece que salió el sol.- dijo Gabriel, mirando por la ventana hacia el patio.
-Tiempo loco...- susupiró Erika.
-Entonces, ¿salimos un rato al jardín?- me propuso Evan.
Asentí, uno de sus brazos rodeó mi cintura y fuimos hasta el jardín. Había un intenso olor a rosas y jazmines; cerré los ojos y lo inspiré profunda y lentamente, dejando que me llenara por completo. Abrí los ojos despacio y me encontré enseguida con su mirada, tenía una chispa de felicidad, algo que adoraba. Hizo una leve sonrisa, apenas torciendo la boca, y puso sus brazos alrededor de mi cintura.
-Sabía que te iba a gustar.
-Vos me gustas.- contesté, tímida.
-Y vos sos la más hermosa del mundo.
-No digas mentiras que te crece la nariz.- bromeé.
-Jamás te mentiría.
Miré hacia abajo mientras me sonrojaba y sacudía despacio la cabeza. Evan suspiró.
-No entiendo por qué las mujeres son así.- dijo en voz baja.
-¿Será que somos muy exigentes?- reí.
-Ni idea.- hizo una pausa- Pero para mí sos lo más hermoso del mundo y nadie puede decir lo contrario. Tengo razón.
Me acercó más contra él, nuestros labios apenas se rozaban.
-Gracias.- susurró.
-¿Por qué?- pregunté casi sin aliento.
-Por existir.- contestó antes de besarme.
Este beso no se sentía como otros, era lento, perfecto, especial, distinto. Él me hacía sentir muchas cosas nuevas, hasta me hacía ser cursi, a pesar de que antes de conocerlo no me abría a nadie y nunca hablaba de mis sentimientos.
Empecé a acordarme de una de las tantas charlas con Nadia, algo que ella había dicho hace un tiempo:
"El amor es en lo que confias ciegamente, algo que no se parece a todo lo demás; llena todo tu ser. Después de enamorarte... no te importa nada más que estar con esa persona que tanto querés."
Ahora podía entenderla perfectamente, era lo que me pasaba a mí. Cada parte de mí vivía nada más que por Evan, solamente por él y para él.
-Sos el amor de mi vida.- le dije mientras estaba sentado en el borde de un cantero y me sostenía en sus brazos.
-Te amo tanto... que nunca podrías entender cuanto.- me dijo con dulzura.
-Lo rimaste y todo.- reí.
-Con o sin rima, te amo.- juntó nuestros labios por un momento.
Mis manos recorrían su cuello y sus hombros; eso hizo que se estremeciera.
-Estás muy fría.
-Y vos pareces una estufa.- me reí- Estoy bien, no tengo frío.- mentí.
Se levantó mientras seguía sosteniéndome y me llevó al living.
-No seas cuida.- me quejé cuando me dejó en un sillón.
-Soy así porque te quiero, ¿ok?
Me quedé mirándolo y me mordí el labio inferior, hasta que finalmente sonreí.
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1 comentarios:
Que ternuraaaaaaaaaaaa ^^
Muy buenaa la frase de Nadia!
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