Trazos Acromáticos: Capítulo 19: Celeste

lunes 17 de noviembre de 2008

Capítulo 19: Celeste

El sol no se había escondido todavía. Yo estaba sentada en el jardín, el pasto en mis manos molestaba un poco; alcé una y empecé a mirar como la luz solar le daba tonos anaranjados y rojizos. Suspiré y dejé caer mi mano. Me levanté y fui directo al living a mirar la televisión con mi mamá. Estaban pasando "Legalmente Rubia 2".
-Hola, Cathi.- mamá extendió sus brazos hacia mí.
-Hola, ma.- me senté en el sillón y pasé un brazo por sus hombros.- ¿Cómo quedó el vestido de Lele?
-Divino. La va a quedar muy bien.- sonrió.
-Seguro.
-¿Cómo la pasaste con Evan?- parecía realmente interesada.
-Re bien.- sonreí.
-Se nota que te ama, que de verdad te ama.
-Y yo también lo amo...
-Es lo único que importa: que los dos se amen, porque no hay nada mejor que eso.- parecía que, de repente, iba a ponerse sentimental.
-Eh... Ma, ¿te parece si ya nos vamos a cambiar?- quería evitar la miel por ahora.
-Bueno. Aunque ni sé lo que me voy a poner.
-¿El pantalón negro con la remera turquesa y las sandalias celeste metalizado?
-Eso es pensar rápido.- me felicitó y subimos la escalera, ella a su habitación y yo a bañarme.
Cuando salí del baño, elegí una blusa color marfil, de esas que se atan al cuello y dejan un poco la espalda descubierta, y una calsa negra de 3/4; decidí dejarme las mismas sandalias que tenía antes. Tenía que ir cómoda porque sabía que íbamos a terminar bailando alguna de las coreografías que armábamos algunos fines de semana, como siempre.
"Dos minutos no me hacen nada", me recosté en la cama; hacía mucho calor. Mi pelo era un abanico sobre la sábana. Dejé escapar un suspiro y cerré los ojos. Las imágenes de esta tarde empezaron a inundarme: los abrazos, los besos, las caricias, las palabras... Lo que me dolió cuando se fue, como me sobrepasé cuando lo besé en el patio. Mi cara se puso un poco más colorada de lo que estaba.
Me levanté y fui al estudio a buscar la carta que había escrito para Celeste y la dejé, junto con la cadenita, adentro de la caja del vestido en el sillón. Mamá y papá bajaban la escalera.
-¿Vamos?- pregunté.
-¿Tan temprano?- empezó a cuestionar papá- Seguro que todavía están solos y no llegó nadie.
-Con más razón,- me encogí de hombros- hay que llevarle el vestuario.- agarré la caja y la sostuve entre mi cintura y mi brazo.
Caminé directo a la puerta. Ellos me siguieron.
-Tiene razón la nena.- acotó mamá y escuché el ruido de las llaves del auto, probablemente en sus manos.
Cuando ya estuvimos en el auto, mamá no movió las manos del volante, ni siquiera para hacer arrancar el auto; tenía la vista fija hacia la nada.
-Me olvidé de cerrar la puerta- casi cantó.
-Bue, voy yo.- bufé. Otra vez la misma preocupación. Tan distraida...
Durante todo el viaje, fue demasiado evidente el ambiente hostil; practicamente podía respirarse. Empecé a tararear una canción, trataba de que todo se suavice, pero me pareció que iba a peor. Callada estaba mejor. Pasé el resto del tiempo con la cabeza baja, mirando mis manos; la mente en blanco. Nadie hablaba.
Cuando el auto se estacionó; agarré la caja y bajé rápido. Toqué el timbre y, a los dos segundos, mi tía abrió la puerta. Era de esas personas buenas por donde la mires; desde que tengo uso de razón, nunca un mal gesto ni nada por el estilo y las sonrisas parecían talladas en su cara, nunca se borraban.
-Hola, Cathi. Ay, mi propia sobrina está más alta que yo...- sacudió la cabeza mientras sonreía y me miraba.
-Tía, hace un año que mido lo mismo.- me reí. Entré y dejé la caja en la mesa del comedor.
Mis papás entraron y saludaron; se quedaron hablando en el comedor con mis tíos y yo me fui a la pieza de Celeste. Golpeé la puerta.
-¡Ya va!- gritó.- ¿Quién es?
-Tu prima, la más linda.- reí.
-Ya voy, me termino de cambiar y salgo.
-Espera, espera, espera.- me apuré a decir- Te traje algo.- abrí un poco la puerta y dejé la caja sobre una mesita que estaba contra la pared, casi pegada a la izquierda de la puerta.- Te espero en el comedor.
La casa se fue llenando de gente cada vez más, todos estaban reunidos en el patio. Lele ya había aparecido usando "el vestido de sus sueños"; era tal cual ella lo había imaginado, solamente sabían de esto mi tía y mi mamá. El vestido era color lila pálido, en su mayoría, y blanco, pero algunos cuantos detalles solamente; tenía breteles cruzados en la espalda y algún tipo de cinturón plateado en la cintura.
La fiesta pasó tranquilamente hasta que, cerca del final, Celeste me dijo al oído:
-Ahora me voy a cambiar y bailamos un poco. Necesitan vernos.- me guiñó un ojo y salió corriendo.
La buena noticia era que había bastante gente bailando y la mala era que cuando me ponía nerviosa, se me olvidaba todo. No me hacía falta estar nerviosa, las coreografías ya ni me las acordaba.
¡¿Y ahora que hago?!, pensé.
Cele volvió a aparecer pero ahora con un short de jean y y una remera blanca larga. Pasó casi volando y me agarró de la mano.
-Vamos.- me dijo.
-No me acuerdo de nada.
-¿Qué?- parecía un poco alterada.
-Qué no me acuerdo de nada, te dije. No se ni bailar el "Pan y Queso".
-Dale, cuando escuches la música te vas a acordar. Dejalo fluir.- sonrió y fue a cambiar la música. "When I Grow Up" empezó a sonar.
A medida que fuimos bailando, solo dejé que mi cuerpo siguiera la música; todo fluyó, tal como lo dijo ella, hasta que... en un descuido, le pegué en la cara con fuerza y, para colmo, se cayó encima mío.
-¡Ay! Me estás clavando el codo en la pierna.- grité.
-Y vos me clavaste una trompada, mirá que lindo.- gritó Cele, más fuerte.
Cuando por fin nos desenroscamos y nos levantamos, me di cuenta de que tenía colorado cerca de los labios. "Que no se le ponga morado", rogué. Se fue directo a la cocina y envolvió unos cubitos en un repasador para ponerlos en su cara. La seguí, pero no supe que decirle, me sentía terrible.
-Perdón.- me quedé esperando que empezara a los gritos o a que viniera a devolverme el golpe, pero no pasó nada.
-Está bien.- miró al piso y exhaló profundamente.
Me quedé mirándola un minuto más y salí de la cocina, pasé el comedor sin prestar atención y estaba en el patio otra vez. Busqué a mi papá.
-Pa, ¿vamos ya? ¿Voy a buscar a mamá?
-Si.
Nos despedimos de todos y volvimos a casa. Yo subí directo a mi habitación, estaba cansada. Miré el reloj: las doce y treinta y cinco. Me puse una remera negra que me quedaba un poco corta, con un short negro; prendí el ventilador y me tiré en la cama, tratando de relajarme y dormir.